Nagual: 15 años de convicciones


El 10 y 11 de septiembre, Nagual celebró sus 15 años en el Teatro de Flores. A priori, la cita prometía mucho. Una primera función con entradas agotadas, Lovorne como soporte y las emociones inherentes a un festejo semejante. Sensaciones movilizadas por los recuerdos, la historia y el orgullo de llegar hasta donde se llegó por el camino de la independencia.

Este cronista asistió a la cita del sábado, pasadas las 19, una hora antes del comienzo del show. A esa altura, ya había clima de fiesta en la esquina de Pergamino y Rivadavia. Las nagualeros y nagualeras comenzaron a construir la escenografía con trapos cuyas inscripciones decían Villa Albertina, Guernica o lienzos con los colores de los pueblos originarios. También se veían entre los asistentes a familias enteras provenientes de distintos puntos del país con sus pibitos, a quienes se los podía escuchar pedir sus canciones preferidas mientras lidiaban contra la ansiedad de la espera.

Nagual salió a escena a las 21.25. El tridente inicial de temas fue un continuado de Voces, De Claudio y Hacia la montaña. Ciríaco Viera, su cantante, tiró un “buenas noches” raudo y hubo un tema más. Luego se vino el parate y el agradecimiento a ese público que llenó el Teatro de Flores y colaboró para que el marco fuera el soñado. “Vamos, vamos, vamos nagualero”, fue la respuesta de su gente.

Siguió El Primo, Pequeño Jefe Pehuén, Gorriones. Los seguidores jugaban con globos, hacían flamear los trapos, por momentos pintaba el pogo y los abrazos emotivos. La lista continuó: Ciriaco trajo un sicu e interpretó Mujer Indígena. Más adelante hizo lo propio con el charango y tocó El Enemigo, una canción que -si bien hace un año que suena en vivo- va a integrar el próximo disco.

“Es incréible poder tocar en este lugar tan mítico. Hace 15 años que arrancamos con esta banda y para nosotros es increíble poder seguir haciéndolo y de esta manera tan digna... feliz cumpleaños para ustedes también”, fueron las palabras elegidas por el vocalista para sintetizar los sentimientos por la gran celebración.

La energía iba in crescendo y pese al calor, el cansancio y las casi dos horas de show, el público no parecía inmutarse. Las remeras que volaban por el aire explicaban esos torsos desnudos que no paraban de saltar. No obstante, la banda empezaba a dar indicios del cierre, pero algo aún guardaban bajo la manga. Llegó Felicidad y su ritual pertinente con cuatro chicos coreándolo arriba del escenario. Después la despedida mentirosa y piadosa de siempre, con su consecuente vuelta. Primero Whipala y luego el final de verdad: Qué sea rock de Riff con Luciano Napolitano en la viola.

Así se terminó la fiesta: con abrazos apretados, risas, llantos de emoción y hasta con ese dejo de tristeza propio de los finales. Pero con el consuelo de que mañana es mejor, menos no se puede esperar de un colectivo cuyas convicciones permanecen intactas porque “acá no se cambia”.

#Entrevista

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