EL APÓSTATA de Federico Veiroj


Ser preciso es meritorio, pero más lo es si se puede a la vez ser cándido. Porque ser cándido es ser magnánimo, y ese no solo es el ideal de la religión, sino también del cine: poder ver lo bello en todo, poder darle una voz noble a quien sea.

Si Federico Veiroj es una rara avis en el cine rioplatense contemporáneo es porque no busca la

distancia, sino la cercanía, que quizás tiene más margen de error pero también más recompensas. Acné y La vida útil ya eran declaraciones de principios, enormes actos de fe en la humanidad y en el cine como vehículo de los impulsos más nobles; pero El apóstata es un acto de amor. Es una invitación lúcida y lúdica a pensar nuestro tiempo no como el más descreído de todos, sino como aquél en el que más creemos. ¿En qué? En todo.

De tanto creer nos hemos perdido, y quizás el creyente verdadero es el que vuelve a la esencia: como el madrileño Tamayo, que a sus treinta y pico decide decirle adiós a la Iglesia Católica para buscar la verdad en sí mismo. Así de sencilla y así de contundente es esta fábula. Con más Buñuel que Bresson, Veiroj piensa este tiempo mirando hacia atrás y hacia adelante. Como San Agustín, cosa que suena fácil pero es tremendamente virtuosa.


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